La señora del Imserso y la hoja de reclamaciones Primer día con un grupo del Imserso. Aún no se habían bajado del autobús del todo y ya teníamos a una señora en recepción, bolso al hombro, paso firme, mirada decidida. —Buenos días. Vengo a pedir la hoja de reclamaciones —dijo, sin pestañear. —¿Ha pasado algo, señora? —le pregunté con una sonrisa diplomática de las de manual. —No, pero por si acaso. Yo la relleno al final, según cómo me haya ido la estancia. Ahí estaba, la pre-reclamación preventiva. Nosotros, por supuesto, se la dimos con total tranquilidad, como quien ofrece la carta de postres. Durante la semana la vimos de paseo, en el comedor, en las excursiones, charlando con todo el mundo… parecía pasárselo en grande. Al final del viaje se acercó de nuevo al mostrador. Sonriente. —Nada, hija, que al final no la voy a rellenar. Ha estado todo estupendo. ¡Gracias por todo! Y así fue como la hoja de reclamaciones sobrevivió, intacta, a la semana. La moraleja para los...